julio 31, 2005

Norte 88

Norte 88 es el nombre de la calle en la que viví los primeros 26 años de mi vida, la colonia en donde se encuentra fue fundada sobre unos alfalfares hace poco más de 40 años. Mis padres llegaron como joven matrimonio con 5 hijos en su haber (empezaron a confeccionarlos cuando ambos tenían 19 años), esa fue su primer y única casa, ahí fundaron su seguridad junto con otros tantos matrimonios.

Mis hermanos mayores (Alejandro, Laura y Guillermo) fueron la segunda generación de jóvenes que hicieron suya la calle; a una tercera generación pertenecieron mis hermanos René y Norma; finalmente, yo me incluí entre los pequeños de las familias. Durante varios años la calle lució llena de farolitos en Navidad, además de una posada diaria; eso sin contar otros festejos a lo largo del año y varios pasteles de cumpleaños; quince años e, incluso, algunos matrimonios entre vecinos (mi hermana Laura es un ejemplo de ello).

Mi infancia transcurrió en una calle llena de rostros conocidos y afectos vecinales...

Hoy recibí la llamada de uno de mis hermanos para avisarme de la muerte del Sr. José Rico Guerra, uno de mis vecinos, el 5° en menos de un año, a partir de la muerte de mi padre. Camino al velatorio recordé su historia: él y la sra. Herlinda se conocieron por carta (no tengo el dato preciso de por qué), se cartearon algún tiempo hasta que decidieron casarse y se casaron sin más, una historia de cuento de hadas, de un amor lejano que se concreta.

Tuvieron 3 hijos: José Sigfredo, Mauricio y Osvaldo, tríada terrorífica de Norte 88 por algunos años, famosos por sus travesuras. Uno de ellos se convirtió en mi mejor amigo, Pepe era una especie de hermano mayor mezclado con mi chico ideal; con ocho años más que yo, tenía la paciencia suficiente para ser confidente y cómplice. Él me introdujo al mundo de los museos y la apreciación de la pintura, constante acompañante de cine, teatro y fiestas; hubo interminables tardes en que sólo nos sentábamos en la banqueta a conversar. Hoy podríamos ser dos extraños, pero los lazos que se tejen a esa edad son indisolubles.

Llegué al velatorio sin saber si continuar o volver sobre mis pasos; la muerte vive a mi lado desde hace casi un año, pero no resisto verla de frente. Abracé a la sra. Herlinda sin tener palabras, ella lloró y ocultó su rostro en mi hombro; los muchachos están tranquilos, pero ella se queda en completa soledad. Norte 88 es ahora una calle de viudas que se preguntan cómo continuar sin sus compañeros de toda la vida, sin aquéllos con quienes "descubrieron la vida" y formaron un hogar.

Norte 88 se desangra, se muere; mi calle de infancia, mi corredor de adolescencia, mi trayecto de juventud ahora duele y no encuentro una sombra fresca bajo la cual cobijarme. Pero ahí está una casa y una madre a las que me cuesta trabajo regresar, pero vuelvo porque son parte de mí, aunque trate de ignorarlo, aunque intenté negarlo...

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