junio 19, 2005

viajes, a pleamar y bajamar

Estoy en el Puerto de Veracruz y tengo un sabor agridulce en la memoria y en el corazón; extrañas sensaciones ha despertado en mí este mar, el oleaje me produce temor y tranquilidad, temo lo traicionero de sus corrientes pero adoro la tranquilidad de su movimiento. Necesito pequeñas dosis de mí misma en estos días y pensé que aquí podría tenerlas; sin embargo he hallado pequeñas dosis de nostalgia.

El recuerdo de mi padre llegó con las primeras horas de la mañana, cuando decidí desayunar en el Café Parroquia, pedir un café lechero me trajo, en primera instancia, su mirada y su sonrisa; fue inevitable recordar la primera vez que me mostró que un golpeteo en el vaso del extracto de café trae al hombre de grandes jarras de leche, maestro en el arte de verterla desde lo alto, para dejar un vaso espumeante. Después, la brisa marina me recordó su cabello y su persona entera, caminé por el mercado buscando guayaberas, hasta que me di cuenta de lo absurdo que sería comprar una; una familia me hizo recordar que hoy es día del padre, ¡demonios! hace justo un año le regalé una...

Más tarde tomé el camino contrario sobre la costera, los recuerdos también cambiaron de rumbo. Empecé a absorber el mar con todos mis sentidos: la brisa deslizándose por mi piel, el característico olor húmedo de la costa, la unión entre arena y agua ante mis ojos, el vaivén de las olas en mis oídos y ese salado sabor en mis labios.

Llegué hasta el acuario tratando de descubrir qué era la sensación que recorría mi cuerpo; sin descubrirlo aún, decidí entrar y me maravillé con los peces una vez más, salí pensando que se me antoja tener una tortuga en casa, me cautivan sus lentos movimientos y la mezcla de colores y formas de su caparazón... También me dio por pensar que si tuviera que ser un animal marino, seguramente sería un manatí y Cleo, mi cachorrita boxer, una nutria; no pude evitar pensarnos juntas, en el mismo estanque, por supuesto yo durmiendo y ella saltando sobre mí.

Al salir y continuar el camino entendí: ese sabor salado me recuerda su cuerpo. No puedo dejar de preguntarme por qué cada persona en mi vida ha despertado un sentido diferente, el de él definitivamente es el del gusto; hace un par de años que no tenía esta sensación en los labios y me encontré nuevamente recorriéndolo palmo a palmo. Supongo que haga lo que haga jamás saldrá por completo de mí; he dejado de hablarle para no sentirme parada en el vacío, pero reconozco que aún a veces me falta su mirada y su sonrisa, su charla y su sentido del humor. Descubro que ahora ya no sé casi nada de su vida, ni él de la mía, tal vez es mi único triunfo frente a él, me volví invisible.

Ahora estoy a punto de concluir este post y no sé que me depare el resto del día, sólo sé que ya extraño mi casa y mi cama; aún faltan tres días de viaje y necesito a las dos querencias que dejé allá...

1 comentario:

io dijo...

Soledad y sol... aplicaría acá el término des-olación... Quitarse las olas de encima. Quedarse ante sí mismo: el mar de uno mismo es muchísimo más profundo y nadar en él es exactamente eso: hacer nada.